La muerte: un acto sagrado.



Hemos partido de la muerte y hemos regresado a la vida física. Un viaje de ida y vuelta en el derrotero del alma. Una rutina repetida, con algunos viajeros que se resisten un poco a partir, otros que no ven la hora de irse para descansar y una gran mayoría que no quiere saber nada de volver a empezar.
Si nos cuesta tanto volver, si hasta nos enojamos y porfiamos con nuestros guías que nos aconsejan y nos rebelamos cuando llega el momento de nacer, ¿por qué entonces tanto miedo, tanto dolor, tanta tragedia, cuando llega el momento ansiado por el alma de regresar por fin  a los campos de la beatitud, al estado de gracia, a ese mundo de luz y de amor? ¿Qué nos ha pasado? ¿Dónde, en qué lugar, en qué momento, perdimos la conciencia  que teníamos de nuestro ser espiritual, de nuestra esencia, de nuestra verdadera condición de seres inmortales?
Vinimos a la vida física a aprender, a crecer y a evolucionar, para regresar más tarde enriquecidos con la experiencia adquirida. Pero resulta que en el afán  de hacer más cómoda y placentera nuestra estadía en la Tierra, nos hemos olvidado de la verdadera finalidad de nuestra presencia aquí. Nos hemos creído que éramos el cuerpo, cuando en realidad el cuerpo es la ropa que nos pusimos para ir a la escuela y, cuando llega el momento de partir, nos desgarramos las vestiduras por lo que creemos que vamos a perder, porque nos damos cuenta que perdimos el tiempo o porque no tenemos la conciencia muy tranquila.
Estamos aquí en la Tierra, para cumplir con nuestro propósito. Venimos con un plan diagramado de antemano. Sabemos exactamente lo que tenemos que hacer y aprender. Pero al poco tiempo nos olvidamos de nuestro objetivo. Así como un muchacho es enviado por su padre a un país lejano para estudiar y, cuando está lejos  de su casa se olvida del  estudio, seducido por las tentaciones de un país diferente, así nosotros nos hemos olvidado de nuestro Padre y nos deslumbramos como niños en un parque de diversiones. Creemos que el objetivo es pasarla bien y queremos probar todos los juegos. Y queremos ganar todos los juegos que podamos y conseguir todos los premios que sea posible, y competimos y rivalizamos con los otros y con nuestros propios amigos y, si podemos hacer trampa, la hacemos, y ya lo único  que nos importa es ganar cada vez más y acumular  más cosas y tener  más poder que los otros y sufrimos cuando no lo logramos. Y así se nos pasa esta viday, cuando llegamos al momento de la muerte, el  momento de regresar a casa y reunirnos  con nuestro Padre, no queremos saber nada y lloramos y pensamos que es un castigo, y que nuestro Padre es injusto porque nos obliga a dejar a todos los amigos que hicimos y todas las cosas que ganamos. Sólo después de desprendernos del cuerpo, al mirar hacia atrás, nos damos cuenta de lo equivocados que estábamos, de lo tontos que fuimos al dejarnos encandilar  por la luces de un parque de diversiones y de que todo eso no era nada más  que una ilusión momentánea y pasajera.  Y resulta que, por querer poseer una ilusión, no aprendimos nada, no cumplimos  con lo que nos habíamos comprometido y, encima, en el afán de poseer más, engañamos, defraudamos, robamos y no nos importó el sufrimiento de los que se quedaron fuera de la feria de diversiones. Ahora  tendremos que volver una vez más a la Tierra. Y esta vez no habrá parque de diversiones. Sin embargo, ya nos arreglamos para no hacer lo  que tenemos que hacer. Esta vuelta, la excusa será la lucha por la viday el esfuerzo  para alcanzar una posición social acomodada. Y una vez más llegaremos a la muerte con pánico y desolación. Y una vez más, cuando estemos del otro lado, nos daremos cuenta de que nos equivocamos otra vez, de que nos olvidamos otra vez. Y seguirá ocurriendo así hasta que despertemos a nuestra conciencia espiritual y recuperemos ese conocimiento que está en nosotros mismos, en nuestra propia esencia. Necesitamos recuperar nuestra verdad.
Verdad: en  griego, se dice aletheia. Recordarán que el Leteo era el río del olvido, y letheia significa "sueño" o  "letargia". De modo que la palabra "verdad", en griego, quiere decir: salir del olvido y del sueño. Y esto es lo que necesitamos.  Salir del olvido y del sueño en el que estamos sumidos y entrar en el despertar.
La muerte no es ni un castigo ni una maldición. No hay vida y muerte. Sólo existe la vida y, la muerte, es el punto medio de una larga vida. Una vida  que en un momento transcurre en el plano de la esencia y, en otro momento, transcurre en el plano de la manifestación física.
La muerte es un pasaje. Igual que el nacimiento. Uno es un pasaje de ida y el otro es un pasaje de vuelta. Hay una puerta de entrada y otra de salida. Y de las dos la más importante es la de la salida, porque es la hora de la verdad, la hora de rendir cuentas. La vida física es una escuela y  la muerte es el momento del examen final. Es el momento en el que  no podemos ni  mentir ni inventar lo que no aprendimos.  Es el momento en el que nos graduamos o somos reprobados y enviados de vuelta a repetir la lección que no aprendimos.
¿Por qué entonces tanta tragedia cuando llega el momento más trascendental de nuestro paso por la vida física? Cuando estábamos allá, en el espacio,  la mayoría de nosotros no quería volver y, ahora que por fin llegó el momento  de la liberación, no queremos retornar  al lugar de donde no queríamos salir. ¿Cómo se entiende eso? 
Se me ocurren dos razones fundamentales. Olvido e ignorancia. El olvido nos sume en la ignorancia y, la ignorancia, nos lleva a la superstición, y la superstición, nos lleva a adjudicarle poder a cosas, creencias y personas que en realidad no tienen más poder que el que nosotros mismos le otorgamos.
Despreciamos y miramos despectivamente a pueblos más antiguos o primitivos,  porque creen y se preparan para la vida más allá de la muerte y no nos damos cuenta de que nuestra sociedad moderna y erudita se asienta sobre una cultura supersticiosa de miedo a la muerte. Como creemos que la muerte es un castigo, entonces, ése es el castigo máximo que se nos ocurrió para los criminales y también para los inocentes que piensan diferente. Ahora bien, cuando una persona es condenada a muerte, ¿a qué  la estamos condenando? ¿Cuál es la consecuencia de ese castigo en forma de muerte? ¿Es un castigo o una liberación? ¿Es un castigo para la persona condenada para los familiares que se quedan sin su presencia? ¿Y qué es lo que le espera a quien  dicta la sentencia y a quien la lleva a cabo? Recuerden  las experiencias de Blanca y las consecuencias de su accionar entre los mayas.
Cuando empezamos a penetrar la historia íntima del alma y de  su evolución a través de los ciclos de vida, muerte y renacimiento, nos damos cuenta de que la muerte no es ni un castigo ni una tragedia. Lo verdaderamente trágico es la forma como nos conducimos ante la muerte y los despropósitos a los cuales somos arrastrados por la ignorancia y el olvido de lo que somos.
No somos el cuerpo. El cuerpo sólo es el instrumento que nos permite manifestarnos en el plano físico  y obrar directamente sobre la materia y, la muerte, es el abandono de ese instrumento cuando ya hemos cumplido con nuestro propósito, aquí en la Tierra.
La muerte es el punto culminante, más sublime y trascendental en la vida de una persona. Es el momento en que el alma en evolución se reunirá con su Padre o con su Creador, llevando el aprendizaje realizado, el fruto de su esfuerzo aquí, en la Tierra. Y resulta que, por miedo, ignorancia, olvido y superstición, arruinamos eses momento.
Para un lama tibetano toda la vida es una preparación para la muerte. La práctica espiritual constante, la meditación cotidiana, no tiene otro fin que experimentar la naturaleza esencial del  espíritu para reconocerla en el instante de la muerte. De cómo moriremos dependerá nuestra evolución posterior. Es imprescindible estar conscientes en ese momento para poder perdonar, perdonarnos y desprendernos de todas las sensaciones, apegos, emociones y pensamientos que puedan arrastramos a un estado de existencia inferior. Ya hemos visto de qué manera los pensamientos y sensaciones, en el momento de la muerte, pueden programarnos para una vida de sufrimiento y dolor. Un lama procurará liberarse  de la necesidad de volver a encarnar. Esa liberación  también es posible  para cada uno de nosotros y, si no logramos, al menos tendremos la posibilidad de renacer en condiciones que nos permitan  desarrollarnos espiritualmente. De este modo, tal vez nos graduemos en la próxima en la próxima muerte y obtengamos el pasaporte definitivo para ese mundo de luz.
Ahora bien. Para rendir un buen examen final y graduarnos en el momento de la muerte y obtener la liberación tan ansiada, es necesario respetar ese momento y hacer de él, el acto  más sagrado  de nuestra vida. Desafortunadamente, empecinados como estamos en derrotar a la muerte, enceguecidos por la soberbia de arrancarle unos días más  de vida a un cuerpo que ya cumplió  con su servicio y, acuciados por la culpa de no cumplir con nuestro deber si no agotamos todos los recursos de la ciencia, violamos impunemente  el momento  para el cual no hemos preparado durante toda la vida. Y es en ese momento cuando se instala la tragedia. Lo trágico no es morir. Lo trágico es impedir que una persona pueda morir en paz, con dignidad, conscientemente y acompañado por sus seres queridos para que cada uno tenga la oportunidad de despedirse.
Lo más difícil, para una persona que se está muriendo, no es la muerte, sino la soledad, la incomprensión de los otros que no entienden lo que está viviendo, y que la duerman, cuando necesita mantener su conciencia despierta.
Imagínese un enfermo en condiciones irreversibles, internado en una unidad de cuidados intensivos. Él sabe que va a morir, pero su familia y los médicos no quieren que se mueran. Y allí está él, entonces,  en un mundo frío  y desconocido, lejos de su casa, separado de los seres que  ama, conectado a un respirador artificial, su cuerpo ensartado con tubos y catéteres, sondas por arriba y por abajo, electrodos, drogas extrañas circulando por su sangre y las manos atadas para evitar que se arranque todo lo que le insertaron. Su conciencia  está obnubilada, su dignidad humillada y su pudor ultrajado. La familia no quiere que se vaya y, los profesionales, se juegan su egolatría y su prestigio. Y mientras tanto, él está a punto de desprenderse de su cuerpo y de rendir su examen final. ¡Está a punto de ser llevado ante la Presencia Divina, tal vez obtenga su graduación, y a nadie le interesa! Y aquí, no se puede solicitar postergación de la fecha de examen. Es ahora o ahora.
Desesperados por salvar el cuerpo, con el miedo a la culpa y el terror cultural a la muerte  cargando sobre nuestras espaldas, nadie percibe la tragedia del alma que se debate entre el dolor y la congoja de sus familiares, el sufrimiento de su cuerpo atormentado, sus propios miedos y culpas no resueltos y su esperanza de lograr, por fin, la paz y la liberación de sus ataduras carnales.
Se debe hacer todo lo posible para evitar y alejar la muerte de un individuo que tiene todavía, teóricamente, muchos meses o años para vivir. Pero si se sabe que la muerte es ineluctable, la actitud debe ser diferente. Cuando la vida ha terminado, se debe facilitar el pasaje al otro lado del río. Y es allí,  en ese punto, donde fallamos.  Nacidos y educados en la cultura de la negación y el miedo a la muerte, sólo vemos en ella una enfermedad más, un enemigo a derrotar, y no podemos aceptarla e integrarla como un hecho normal y cotidiano de nuestra vida. Nos falta familiaridad con la muerte. Necesitamos aceptarla como un hecho natural, como el resultado lógico de nuestra experiencia aquí, en la Tierra, para poder encontrar el punto de equilibrio que nos permita actuar con sabiduría y ecuanimidad.
Un médico con experiencia sabe en qué momento una enfermedad o una condición clínica determinada es irreversible. Sabe que a partir de ese instante, todo lo que haga será inútil y sólo conseguirá diferir lo que ya es inevitable. Pero en nuestra cultura, el moribundo es visto como un fracaso en el mandato que tienen los profesionales.
Recuerdo cuando falleció mi abuela. Afortunadamente, murió en casa, en su propia cama. Yo estaba cursando el quinto año de la carrera de Medicina y fui el encargado de hacerle la medicación en sus últimas horas de vida entre nosotros. Su condición clínica había empeorado y su médico me había indicado lo que tenía que administrarle. Recuerdo que cargué la jeringa, y cuando le pedí a mi abuela que extendiera el brazo, se negó preguntándome: "¿Para qué?"
No le hice la medicación. Al rato, llegó su médico. Le narré lo sucedido y entonces me dijo en forma tajante: "No dejes que te gane". Ahí estaba el mandato. A mi pesar y el de mi abuela, que me miró resignadamente, encontré una vena en su brazo  y le efectué la medicación. Algunas horas después, mi abuela se fue. Tenía razón ella. ¿Para qué?
¿Cuántas horas más la retuvimos entre nosotros? ¿Era necesario ese pinchazo extra en su brazo? Poco después de la inyección, mi abuela se durmió o entró en coma y ya no se despertó más. En lugar de intentar retenerla por todos los medios posibles, ¿no hubiera sido mejor haberla ayudado a irse más fácilmente, más confortablemente? Podríamos haber hablado con ella.  Podríamos haberla despedido y deseado el mejor de los éxitos en su viaje hacia la Luz. Podríamos haber escuchado  y aprendido de sus labios qué era lo que estaba experimentando en esos momentos. ¿Qué pensaba de esa vida que estaba dejando? ¿Qué había aprendido? ¿Qué se llevaba? ¿Qué nos podía decir desde la sabiduría de quien ha completado su experiencia?¿Estaría allí presente en ese momento, su compañero, mi abuelo, sin que nosotros lo supiéramos?
¿Por qué entonces tanta tragedia cuando llega el momento más trascendental de nuestro paso por la vida física? Cuando estábamos allá, en el espacio,  la mayoría de nosotros no quería volver y, ahora que por fin llegó el momento  de la liberación, no queremos retornar  al lugar de donde no queríamos salir. ¿Cómo se entiende eso? 
Ahora bien. Para rendir un buen examen final y graduarnos en el momento de la muerte y obtener la liberación tan ansiada, es necesario respetar ese momento y hacer de él, el acto  más sagrado  de nuestra vida. Desafortunadamente, empecinados como estamos en derrotar a la muerte, enceguecidos por la soberbia de arrancarle unos días más  de vida a un cuerpo que ya cumplió  con su servicio y, acuciados por la culpa de no cumplir con nuestro deber si no agotamos todos los recursos de la ciencia, violamos impunemente  el momento  para el cual no hemos preparado durante toda la vida. Y es en ese momento cuando se instala la tragedia. Lo trágico no es morir. Lo trágico es impedir que una persona pueda morir en paz, con dignidad, conscientemente y acompañado por sus seres queridos para que cada uno tenga la oportunidad de despedirse.
Cuando empezamos a penetrar la historia íntima del alma y de  su evolución a través de los ciclos de vida, muerte y renacimiento, nos damos cuenta de que la muerte no es ni un castigo ni una tragedia. Lo verdaderamente trágico es la forma como nos conducimos ante la muerte y los despropósitos a los cuales somos arrastrados por la ignorancia y el olvido de lo que somos.
Desesperados por salvar el cuerpo, con el miedo a la culpa y el terror cultural a la muerte  cargando sobre nuestras espaldas, nadie percibe la tragedia del alma que se debate entre el dolor y la congoja de sus familiares, el sufrimiento de su cuerpo atormentado, sus propios miedos y culpas no resueltos y su esperanza de lograr, por fin, la paz y la liberación de sus ataduras carnales.
Despreciamos y miramos despectivamente a pueblos más antiguos o primitivos,  porque creen y se preparan para la vida más allá de la muerte y no nos damos cuenta de que nuestra sociedad moderna y erudita se asienta sobre una cultura supersticiosa de miedo a la muerte. Como creemos que la muerte es un castigo, entonces, ése es el castigo máximo que se nos ocurrió para los criminales y también para los inocentes que piensan diferente. Ahora bien, cuando una persona es condenada a muerte, ¿a qué  la estamos condenando? ¿Cuál es la consecuencia de ese castigo en forma de muerte? ¿Es un castigo o una liberación? ¿Es un castigo para la persona condenada o para los familiares que se quedan sin su presencia? ¿Y qué es lo que le espera a quien  dicta la sentencia y a quien la lleva a cabo? Recuerden  las experiencias de Blanca y las consecuencias de su accionar entre los mayas.
Estamos aquí en la Tierra, para cumplir con nuestro propósito. Venimos con un plan diagramado de antemano. Sabemos exactamente lo que tenemos que hacer y aprender. Pero al poco tiempo nos olvidamos de nuestro objetivo. Así como un muchacho es enviado por su padre a un país lejano para estudiar y, cuando está lejos  de su casa se olvida del  estudio, seducido por las tentaciones de un país diferente, así nosotros nos hemos olvidado de nuestro Padre y nos deslumbramos como niños en un parque de diversiones. Creemos que el objetivo es pasarla bien y queremos probar todos los juegos. Y queremos ganar todos los juegos que podamos y conseguir todos los premios que sea posible, y competimos y rivalizamos con los otros y con nuestros propios amigos y, si podemos hacer trampa, la hacemos, y ya lo único  que nos importa es ganar cada vez más y acumular  más cosas y tener  más poder que los otros y sufrimos cuando no lo logramos. Y así se nos pasa esta vida y, cuando llegamos al momento de la muerte, el  momento de regresar a casa y reunirnos  con nuestro Padre, no queremos saber nada y lloramos y pensamos que es un castigo, y que nuestro Padre es injusto porque nos obliga a dejar a todos los amigos que hicimos y todas las cosas que ganamos. Sólo después de desprendernos del cuerpo, al mirar hacia atrás, nos damos cuenta de lo equivocados que estábamos, de lo tontos que fuimos al dejarnos encandilar  por la luces de un parque de diversiones y de que todo eso no era nada más  que una ilusión momentánea y pasajera.  Y resulta que, por querer poseer una ilusión, no aprendimos nada, no cumplimos  con lo que nos habíamos comprometido y, encima, en el afán de poseer más, engañamos, defraudamos, robamos y no nos importó el sufrimiento de los que se quedaron fuera de la feria de diversiones. Ahora  tendremos que volver una vez más a la Tierra. Y esta vez no habrá parque de diversiones. Sin embargo, ya nos arreglamos para no hacer lo  que tenemos que hacer. Esta vuelta, la excusa será la lucha por la vida y el esfuerzo  para alcanzar una posición social acomodada. Y una vez más llegaremos a la muerte con pánico y desolación. Y una vez más, cuando estemos del otro lado, nos daremos cuenta de que nos equivocamos otra vez, de que nos olvidamos otra vez. Y seguirá ocurriendo así hasta que despertemos a nuestra conciencia espiritual y recuperemos ese conocimiento que está en nosotros mismos, en nuestra propia esencia. Necesitamos recuperar nuestra verdad.
Hemos partido de la muerte y hemos regresado a la vida física. Un viaje de ida y vuelta en el derrotero del alma. Una rutina repetida, con algunos viajeros que se resisten un poco a partir, otros que no ven la hora de irse para descansar y una gran mayoría que no quiere saber nada de volver a empezar.
Imagínese un enfermo en condiciones irreversibles, internado en una unidad de cuidados intensivos. Él sabe que va a morir, pero su familia y los médicos no quieren que se mueran. Y allí está él, entonces,  en un mundo frío  y desconocido, lejos de su casa, separado de los seres que  ama, conectado a un respirador artificial, su cuerpo ensartado con tubos y catéteres, sondas por arriba y por abajo, electrodos, drogas extrañas circulando por su sangre y las manos atadas para evitar que se arranque todo lo que le insertaron. Su conciencia  está obnubilada, su dignidad humillada y su pudor ultrajado. La familia no quiere que se vaya y, los profesionales, se juegan su egolatría y su prestigio. Y mientras tanto, él está a punto de desprenderse de su cuerpo y de rendir su examen final. ¡Está a punto de ser llevado ante la Presencia Divina, tal vez obtenga su graduación, y a nadie le interesa! Y aquí, no se puede solicitar postergación de la fecha de examen. Es ahora o ahora.
La muerte es el punto culminante, más sublime y trascendental en la vida de una persona. Es el momento en que el alma en evolución se reunirá con su Padre o con su Creador, llevando el aprendizaje realizado, el fruto de su esfuerzo aquí, en la Tierra. Y resulta que, por miedo, ignorancia, olvido y superstición, arruinamos eses momento.
La muerte es un pasaje. Igual que el nacimiento. Uno es un pasaje de ida y el otro es un pasaje de vuelta. Hay una puerta de entrada y otra de salida. Y de las dos la más importante es la de la salida, porque es la hora de la verdad, la hora de rendir cuentas. La vida física es una escuela y  la muerte esel momento del examen final. Es el momento en el que  no podemos ni  mentir ni inventar lo que no aprendimos.  Es el momento en el que nos graduamos o somos reprobados  y enviados de vuelta a repetir la lección que no aprendimos.
La muerte no es ni un castigo ni una maldición. No hay vida y muerte. Sólo existe la vida y, la muerte, es el punto medio de una larga vida. Una vida  que en un momento transcurre en el plano de la esencia y, en otro momento, transcurre en el plano de la manifestación física.
Lo más difícil, para una persona que se está muriendo, no es la muerte, sino la soledad, la incomprensión de los otros que no entienden lo que está viviendo, y que la duerman, cuando necesita mantener su conciencia despierta.
No le hice la medicación. Al rato, llegó su médico. Le narré lo sucedido y entonces me dijo en forma tajante: "No dejes que te gane". Ahí estaba el mandato. A mi pesar y el de mi abuela, que me miró resignadamente, encontré una vena en su brazo  y le efectué la medicación. Algunas horas después, mi abuela se fue. Tenía razón ella. ¿Para qué?
No somos el cuerpo. El cuerpo sólo es el instrumento que nos permite manifestarnos en el plano físico  y obrar directamente sobre la materia y, la muerte, es el abandono de ese instrumento cuando ya hemos cumplido con nuestro propósito, aquí en la Tierra.
Para un lama tibetano toda la vida es una preparación para la muerte. La práctica espiritual constante, la meditación cotidiana, no tiene otro fin que experimentar la naturaleza esencial del  espíritu para reconocerla en el instante de la muerte. De cómo moriremos dependerá nuestra evolución posterior. Es imprescindible estar conscientes en ese momento para poder perdonar, perdonarnos y desprendernos de todas las sensaciones, apegos, emociones y pensamientos que puedan arrastrarnos a un estado de existencia inferior. Ya hemos visto de qué manera los pensamientos y sensaciones, en el momento de la muerte, pueden programarnos para una vida de sufrimiento y dolor. Un lama procurará liberarse  de la necesidad de volver a encarnar. Esa liberación  también es posible  para cada uno de nosotros y, si no logramos, al menos tendremos la posibilidad de renacer en condiciones que nos permitan  desarrollarnos espiritualmente. De este modo, tal vez nos graduemos en la próxima en la próxima muerte y obtengamos el pasaporte definitivo para ese mundo de luz.
Pero no. No queríamos  que se fuera.  No queríamos aceptar que el momento había llegado y, entonces se fue como pudo.
Recuerdo cuando falleció mi abuela. Afortunadamente, murió en casa, en su propia cama. Yo estaba cursando el quinto año de la carrera de Medicina y fui el encargado de hacerle la medicación en sus últimas horas de vida entre nosotros. Su condición clínica había empeorado y su médico me había indicado lo que tenía que administrarle. Recuerdo que cargué la jeringa, y cuando le pedí a mi abuela que extendiera el brazo, se negó preguntándome: "¿Para qué?"
Se debe hacer todo lo posible para evitar y alejar la muerte de un individuo que tiene todavía, teóricamente, muchos meses o años para vivir. Pero si se sabe que la muerte es ineluctable, la actitud debe ser diferente. Cuando la vida ha terminado, se debe facilitar el pasaje al otro lado del río. Y es allí,  en ese punto, donde fallamos.  Nacidos y educados en la cultura de la negación y el miedo a la muerte, sólo vemos en ella una enfermedad más, un enemigo a derrotar, y no podemos aceptarla e integrarla como un hecho normal y cotidiano de nuestra vida. Nos falta familiaridad con la muerte. Necesitamos aceptarla como un hecho natural, como el resultado lógico de nuestra experiencia aquí, en la Tierra, para poder encontrar el punto de equilibrio que nos permita actuar con sabiduría y ecuanimidad.
Se me ocurren dos razones fundamentales. Olvido e ignorancia. El olvido nos sume en la ignorancia y, la ignorancia, nos lleva a la superstición, y la superstición, nos lleva a adjudicarle poder a cosas, creencias y personas que en realidad no tienen más poder que el que nosotros mismos le otorgamos.
Si nos cuesta tanto volver, si hasta nos enojamos y porfiamos con nuestros guías que nos aconsejan y nos rebelamos cuando llega el momento de nacer, ¿por qué entonces tanto miedo, tanto dolor, tanta tragedia, cuando llega el momento ansiado por el alma de regresar por fin  a los campos de la beatitud, al estado de gracia, a ese mundo de luz y de amor? ¿Qué nos ha pasado? ¿Dónde, en qué lugar, en qué momento, perdimos la conciencia  que teníamos de nuestro ser espiritual, de nuestra esencia, de nuestra verdadera condición de seres inmortales?
Todo podría ser distinto, si aceptásemos, emocionalmente, la realidad de la muerte. Si comprendiéramos que la muerte no es un enemigo a derrotar, sino que se trata  del momento culminante de nuestra vida. Es el cierre de la experiencia que se abrió con el nacimiento. Es necesario hacer de ese momento un ritual, un acto sagrado. Es necesario rodearlo del cuidado y del amor que implica un acto de esa naturaleza. Entonces, todo será mucho más glorioso y ya no veremos los despropósitos a los cuales el miedo y la tecnología no tienen acostumbrados.
Un médico con experiencia sabe en qué momento una enfermedad o una condición clínica determinada es irreversible. Sabe que a partir de ese instante, todo lo que haga será inútil y sólo conseguirá diferir lo que ya es inevitable. Pero en nuestra cultura, el moribundo es visto como un fracaso en el mandato que tienen los profesionales.
Verdad: en  griego, se dice aletheia. Recordarán que el Leteo era el río del olvido, y letheia significa "sueño" o  "letargia". De modo que la palabra "verdad", en griego, quiere decir: salir del olvido y del sueño. Y esto es lo que necesitamos.  Salir del olvido y del sueño en el que estamos sumidos y entrar en el despertar.
Vinimos a la vida física a aprender, a crecer y a evolucionar, para regresar más tarde enriquecidos con la experiencia adquirida. Pero resulta que en el afán  de hacer más cómoda y placentera nuestra estadía en la Tierra, nos hemos olvidado de la verdadera finalidad de nuestra presencia aquí. Nos hemos creído que éramos el cuerpo, cuando en realidad el cuerpo es la ropa que nos pusimos para ir a la escuela y, cuando llega el momento de partir, nos desgarramos las vestiduras por lo que creemos que vamos a perder, porque nos damos cuenta que perdimos el tiempo o porque no tenemos la conciencia muy tranquila.
___________________________________________
Extraído del Libro: EL VIAJE DEL ALMA, experiencias de la vida entre las vidas. Por el Dr. José Luis Cabouli





No hay comentarios:

Publicar un comentario