¿Sabes que bostezar refrigera el cerebro, mejora su eficacia y su velocidad de respuesta?




Cualquiera al que se le haya desencajado la mandíbula en un arrebato de sopor sabe que se bosteza cuando se tiene sueño, aburrimiento o hambre, o quizás las tres cosas a la vez. Pero lo cierto es que la ciencia aún no sabe exactamente por qué se bosteza.

Hasta el momento los investigadores solo se han puesto de acuerdo en que se contagia entre humanos, (un 60% de los humanos sanos no pueden evitar bostezar de forma imperiosa al ver a un congénere). También se ha comprobado que la frecuencia de los bostezos contagiados aumenta dentro de la familia y que aparecen entre primates no humanos y perros.
Ahora, una nueva investigación de las universidades del estado de Nueva York (SUNY) y de Viena, dirigida por el fisiólogo Andrew Gallup, sostiene que bostezar no solo refrigera el cerebro, sino que además mejora su eficacia y su velocidad de respuesta.
Según las conclusiones de este estudio, publicado en la revista Fisiología y Comportamiento, «el bostezo contribuye a mantener la temperatura cerebral balanceada y en una homeostasis óptima», es decir, que contribuye a mantenerlo estable para asegurar su correcto funcionamiento.
Los científicos han llegado a estas conclusiones después de comparar el número de bostezos que se contagian entre los peatones de Austria y Arizona al ver fotografías de gente bostezando.
Los resultados mostraron que la gente de Viena bostezaba más en verano que en invierno, y que en Arizona ocurría justo lo contrario: había más bostezos en invierno. El responsable, Jorg Massen, de la universidad de Viena, explica que esto no depende de la estación del año, sino que esta respuesta ocurre en un rango de temperaturas determinado. Es decir, que tanto en un verano tórrido de Arizona como en un invierno gélido de Viena disminuye la frecuencia de bostezos contagiados.
Según explica el científico, la refrigeración ejercida por el bostezo «no es funcional cuando la temperatura ambiente es tan caliente como la del cuerpo, y puede no ser necesaria o incluso tener consecuencias dañinas cuando fuera está helando».
Este mecanismo de enfriamiento depende de tres fenómenos, según explica Jorg Massen: «el bostezo incrementa el flujo sanguíneo hacia el cerebro, entra una cantidad considerable de aire del exterior en la boca y ventila los senos nasales».
Aunque el bostezo tenga su papel, los ciclos de sueño, la actividad cerebral y el estrés también influyen en la regulación de la temperatura cerebral.
El bostezo en los animales
«Casi todos los grupos de vertebrados bostezan, incluyendo a aves y peces», según Javier de Miguel Águeda, biólogo experto en comportamiento animal de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), aunque el bostezo contagioso solo se da entre algunos grupos de mamíferos.
«En ciertos grupos de primates, como papiones y macacos, los bostezos se utilizan como señal de amenaza», porque dejan al descubierto los colmillos. También en hipopótamos y en ciertos peces, pueden utilizarse como señales de amenaza, explica el biólogo.
El bostezo es un acto que normalmente no se puede forzar y que depende de neurotransmisores liberados por el hipotálamo. Implica la acción coordinada de músculos del tórax, diafragma, laringe y boca y ayuda a lubricar el interior de los pulmones. Varias teorías científicas analizan, sin llegar al acuerdo, sus posibles beneficios:
Oxigena la sangre: algunos sostienen que aumenta el flujo de oxígeno en sangre, la presión sanguínea y la frecuencia cardiaca. Los datos más recientes no han logrado confirmarlo.
Estira y lubrica los pulmones: redistribuye el llamado surfactante, una sustancia que impide que los alveolos se cierren.
Mejora la respuesta motora: algunos científicos sostienen que los bostezos se producen en respuesta a cambios de actividad, como cuando se pasa del ejercicio al reposo, o del sueño a la vigilia.
Podría ser un mecanismo de comunicación: según esta hipótesis, el bostezo sirve para sincronizar las horas de sueño y de vigilancia del grupo. Se da la circunstancia además, de que los niños menores de seis años y las personas que padecen autismo no son tan sensibles a los bostezos contagiosos.

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