La delicada cuestión de las uniones sexuales...






Al menos entre los hombres, y cada vez más también entre las mujeres bajo la cultura del bienestar sexual, la promiscuidad es percibida como algo deseable –ya sea porque se cree que el sexo es una fuente de salud o porque es vista como una marca de estatus (que satisface el deseo de ser deseado)… y entonces es necesario practicar. Coinciden revistas como Cosmopolitan con publicaciones científicas de las más alta seriedad: el sexo como ejercicio, como detonador de cócteles neuroquímicos de relajación y cómo lazo emocional, es una especie de grial de bienestar. Por otro lado, no ejercer una sexualidad activa, en una sociedad ya no sólo bombardeada de imágenes sexuales (espectros libidinales), sino también de la información que ubicuamemente confirma ese bienestar a través del sexo, se revela como una patología psicosocial –una presión de participar en el gran banquete secreto que en nuestros tiempos se publicita. Así para algunos esta ansiedad social parece no poder aliviarse sin sesiones maratónicas, de alto performance, con parejas que cumplan con el paradigma de lo sexy. El Eros, esa emanación celeste, primogénito del cosmos, se multiplica en el mercado y debe ser consumido (y consumado) por todos, todo el tiempo.

Con esta introducción no quiero acercarme a una especie de puritanismo, ni siquiera a una crítica de la saturación sexual de nuestra cultura y sus efectos, solamente ubicarnos, a manera de contrapunto, en un estado general de las cosas, no necesariamente exento de confusión. Sí, por supuesto, el sexo es una las actividades más importantes que existen en la vida de un ser humano –en un sentido biológico, 
la más importante. Pero esto no significa que todo sexo es “bueno” –como si fuera un mecanismo que automáticamente generara esos neurotransmisores de la felicidad que todos estamos buscando– y no me refiero con esto al desempeño o la habilidad amatoria necesariamente. El caso es más complejo que, por ejemplo, hacer ejercicio y comer bien. Comer una zanahoria o hacer 20 lagartijas, generalmente producen resultados similarmente positivos. Tener sexo con una persona diferente o incluso con la misma en otro momento no suelen producir el mismo resultado. Aunque en la comida también pueden pulular una serie de fantasmas o psiquismos (como es el caso de algunos desordenes alimenticios), esta legión de fantasmas que alteran los resultados del experimento es mucho mayor en el sexo.  El coito casi nunca puede extirparse de la fantasía y de toda una carga de procesos mentales que en la más profunda intimidad de los cuerpos entrelazados parecen también compartirse. A la vez, aunque no sea fácil de cuantificar, los seres humanos contamos con un campo bionergético el cual se ve interferido por el contacto físico ).  Aquí aclaro que el hablar de que el sexo es un intercambio de energía –más allá de la energía que ganamos o perdemos a través del ejercicio físico durante el acto– es sobre todo una intuición basada en lo que experimentamos cotidianamente.  Se abre una puerta difícil de cerrar si creemos en esto: el sexo es el máximo escenario de intercambio de energía al cual puede acceder el ser humano, y de su aprovechamiento depende en buena medida su estado energético cotidiano. (Hay que recalcar que este intercambio de energía sexual no ocurre solamente en el coito sino en todo tipo de interacciones, y puede cultivarse de diferentes formas).

El hecho de que existe un intercambio de información a través del sexo, queda constatado por investigaciones que muestran material genético de ex parejas puede heredarse a los hijos. Esto es altamente significativo y da sustento a esta teoría de intercambio de energía, puesto que en sistemas como el qi-gong o la misma física cuántica la información puede considerarse un constituyente básico que es capaz de afectar la energía de un sistema.

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Es probable que experimentemos la sexualidad en proporción directa a la energía y a la conciencia que logremos cultivar. Tanto en el plano mismo del acto sexual como en als parejas que atraemos. Bajo esta luz, no resulta disparatado que muchas tradiciones esotéricas cultivaran un ascetismo sexual. Esto es más que un celibato, un entrenamiento de la mente y el cuerpo en preparación al acto sexual y al encuentro de la pareja (grooming); la virginidad entonces tiene otra acepción, más que la negación del acto sexual, es la afirmación de la pureza del cuerpo (el templo) para recibir la energía del género opuesto (la búsqueda de una eclosión, de un estado floral). Aquí se fusionan el arte de la seducción con la magia y el yoga… 

La búsqeda de un estado de conciencia más elevado requiere de un estado de energía elevado, el cual a su vez requiere del cuidado, la lustración del cuerpo (que es el vehículo para la percepción de dimensiones más sutiles). Este cuidado corporal puede ser alterado y perturbado por otras energías, por improntas y formas de pensamiento ajenas; tener sexo con alguien es de alguna forma unirnos a la persona con la que tenemos sexo. Habría añadir, como excepción, que ciertas prácticas energéticas como el qi-gong cuentan con ciertos ejercicios para blindar la propia energía, formar una camisa de hierro invisible, para proteger el ki, pero estas son enseñanzas avanzadas, difíciles de amaestrar. Del otro lado de este espectro estarán quienes no sólo no intercambian energía sexualmente, sino sólo se alimentan, también a través de prácticas esotéricas de manejo de energía ligadas a la brujería y a una especie de vampirismo sexual.

Quizás sea oportuno recordar “las enseñanzas de Don Juan” , el legado recibido por Carlos Castaneda en su obra de antropología (o ficción). Ahí, el brujo yaquí le advierte en diversas ocasiones que para limpiar su energía y consolidar su esencia de “nagual”, Carlos debe recapitular y hacer una serie de ejercicios destinados a cortar los filamentos de energía que lo unen con sus parejas sexuales. Esta idea de “cortar” los lazos que nos unen (como si fueran un pozo energético común) a una pareja es una constante en diversas tradiciones ocultas. Sugiere que existen conexiones por las que fluye energía entre una pareja (o también entre padres e hijos), y explica por qué en ocasiones ciertas relaciones parecen tener un drenaje más allá de que las personas puedan estar alejadas. En un ámbito epigenético podemos pensar que al tener sexo con una persona tenemos sexo con todas las personas con las que ha estado en menor grado de intensidad. Es difícil explicar científicamente como funciona esta aparente conexión a distancia entre dos personas que han estado en contacto íntimo. Podemos aventurarnos y decir que tal vez pueda operar un mecanismo de entrelazamiento cuántico, un principio de la física que señala que cuando dos partículas han entrado en contacto permanece una conexión entre ellas pese a que puedan estar separadas millones de kilómetros: hay una reacción inmediata al estado en el que se encuentra un fotón en ese otro fotón al cual ha estado ligado. Este mismo principio es la base de la magia simpática que practican numerosas tribus en todo el mundo.

Por otro lado el poder de la cópula, esa unión de espejos en la epidermis de la luz, no debe de ser subestimado. El mismo Don Juan, con su formidable y aterrador sentido del humor, le dice en alguna ocasión a Castaneda que él es el resultado de una unión aburrida, y por eso debe de trabajar toda su vida para reestablecer su fuerza, encontrar su energía entera. Aleister Crowley realizaba “misas sexuales”, bajo cierta alineación astrológica y usando una serie de invocaciones para entrar en contacto con entidades de otras dimensiones (lo que él llamaba “el santo ángel guardián”). Crowley famosamente rezaba en el momento del orgasmo, bajo el supuesto de que el “pequeño relámpago” potenciaba su intención. En el coito y en el instante del orgasmo confluyen la misma energía que dio origen al universo –podemos pensar, y esto puede ser un desafío y una responsabilidad, que el acto sexual es un microcosmos del Big Bang.

Mi forma de verlo es que (quizás como atavismo evolutivo de su función primaria) el sexo es casi siempre reproductivo. Evidentemente en muchos casos no se concibe un nuevo ser humano; pero siempre se conciben nuevos seres mentales (tulpas en el budismo), nuevas conexiones neurales (el sexo genera neurogénesis) y nuevas conexiones emocionales. Lo sexual es lo que une a dos y hace un otro –y si bien esto no depende exclusivamente del coito, es ahí donde se vuelve más “creativo”, en tanto a que la intimidad, la cercanía de los cuerpos, permite una mayor fricción y fusión: un posible choque, una posible implosión de elementos. Si el ser humano es un pequeño universo, una especie de espejo de carne y luz condensada del cosmos, el paralelo entre el sexo sería con las colisión de estrellas en el espacio. De estas colisiones estelares, sabemos hoy, se generan elementos pesados como el oro y la plata, los metales más preciados, símbolos de la elevación espiritual. En la energía de los opuestos que se arremolina se pueden gestar nuevos mundos, galaxias imaginales, paraísos secretos que pueden ser habitados aunque no tengan un lugar per se en el espacio material. De estos explosivos encuentros también se pueden gestar estrellas de la muerte, grandes agujeros negros, infámes cañerías y ductos de energía. Lo que parece ser indiscutible es que el sexo es la gran arena de intercambio de energía: puede ser un atanor (athanatos: lo inmortal), el sublime horno de la alquimia de todas las eras que transmuta el cuerpo en espíritu o puede ser en el reverso de la magia el escenario de una profunda pérdida: el alma que se abisma en la materia, y el cuerpo es su tumba.


Twitter del autor: @alepholo  

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1 comentario:

  1. Excelente artículo. Me he elevado en la alquimia de los espíritus y también me he hundido en la degradación de las almas. Gracias!

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